Playa de Haeundae: donde el verano de Corea se encuentra con el mundo

22/05/2025

 

Un icono costero en el corazón de Busan

 

La primera vez que pisé la playa de Haeundae, el aire tenía esa mezcla salada y cálida que solo el verano puede traer. A lo lejos, los rascacielos de Marine City se alzaban como espejos verticales, reflejando la luz del sol en miles de destellos. Frente a mí, una extensión de dos kilómetros de arena blanca, salpicada de sombrillas, familias, parejas y jóvenes de todas partes del mundo.

Haeundae es más que una playa. Es el alma estival de Busan, un punto de encuentro entre locales y viajeros, entre tradición y modernidad, entre la calma del mar y la energía urbana. Durante los meses de julio y agosto, se transforma en un escenario vibrante con conciertos al aire libre, deportes acuáticos, exposiciones de arte en la arena y, cómo no, improvisadas charlas bajo las estrellas.

 

 

Pero lo que más me sorprendió fue su otra cara: la noche. Desde un crucero que navegaba lentamente por la bahía, vi cómo Marine City se encendía. Los rascacielos, iluminados por dentro como linternas gigantes, se reflejaban en el mar oscuro. La imagen era tan impactante como cualquier postal de Hong Kong, pero con una serenidad distinta. En lugar de ruido, el murmullo suave de las olas.

 

 

 

Sabores del mar: una parada en el mercado de Haeundae

 

Después de caminar por la orilla y dejar que el mar me refrescara los pies, decidí seguir un aroma tentador que flotaba en el aire. Me condujo hasta el mercado tradicional de Haeundae, a solo unos pasos de la playa. Fundado en 1910, este mercado lleva más de un siglo alimentando a la ciudad con platos caseros, mariscos recién pescados y esa calidez que solo los lugares vívidos pueden ofrecer.

 

 

Entre los pasillos estrechos y bulliciosos, probé mi primer haemultang, un guiso picante de mariscos tan intenso como el propio mar que lo inspiró. También había puestos con tteokbokki, empanadillas al vapor, algas frescas, y zumos recién exprimidos. Comer aquí no es solo llenar el estómago: es sumergirse en el alma popular de Busan.

 

 

 

Sky Capsule y Beach Train: dos formas de flotar sobre la costa

 

Uno de los atractivos más originales de la zona es el Blue Line Park, un proyecto que combina tecnología, diseño y naturaleza. Desde la estación de Haeundae Mipo, parten dos medios de transporte singulares que recorren la costa: el Beach Train y la Sky Capsule.

El Beach Train avanza durante 4,8 km bordeando el mar, desde Mipo hasta Songjeong, pasando por el pintoresco pueblo de Cheongsapo. Viaja a un ritmo lento, ideal para contemplar el paisaje. A bordo, el murmullo del mar se mezcla con el clic de las cámaras.

 

 

Encima de esta línea se eleva la Sky Capsule, un pequeño monorraíl privado —cerrado, colorido, panorámico— que transporta hasta cuatro personas por un tramo de 2 km desde Mipo hasta Cheongsapo. Se mueve a apenas 4 km/h, como si respetara el ritmo del caminante. Puedes llevar algo para comer, escuchar música, o simplemente mirar el mar desde lo alto, sin distracciones.

 

 

Confieso que quise probar la Sky Capsule, pero cuando llegué por la tarde a la estación de Cheongsapo, las plazas ya estaban agotadas. Opté por el Beach Train y no me arrepentí. A esa hora, con el sol bajando, el mar adquiría un tono dorado, y Busan se desplegaba en silencio frente a mí.

 

 

 

Tarifas y opciones

 

  • Sky Capsule: 30.000 wones entre Mipo y Cheongsapo 
  • Beach Train: 7.000 wones entre Mipo y Songjeong
  • Paseo a pie: gratuito, y siempre disponible

 

 

 

Cómo llegar a Haeundae

 

La forma más sencilla de llegar es en metro. Desde la estación Seomyeon, el corazón del sistema de transporte de Busan, puedes tomar la línea 2 y llegar a la estación Haeundae en unos 30 minutos. Desde allí, la playa está a unos 15 minutos caminando.

 

El templo Haedong Yonggungsa: espiritualidad frente al océano

 

A una hora y media de Haeundae, hacia el noreste de la costa de Busan, se encuentra uno de los templos más singulares de Corea del Sur: Haedong Yonggungsa, literalmente “el templo del dragón del este”. A diferencia de la mayoría de templos budistas del país, que se ubican en montañas o valles boscosos, este se asienta en un acantilado que cae abruptamente hacia el mar.

 

 

Fundado en el año 1376 durante la dinastía Goryeo, fue concebido como un lugar de meditación frente a los elementos. Según la leyenda, el monje Naong recibió la visión de un dragón marino en sueños, quien le pidió construir aquí un templo para proteger la tierra. A lo largo de los siglos, ha sido reconstruido varias veces, pero siempre conservando ese equilibrio entre arquitectura humana y naturaleza salvaje.

 

Una experiencia sensorial y simbólica

 

Llegar a Haedong Yonggungsa no es solo visitar un templo, sino recorrer un sendero espiritual. Tras pasar por una avenida flanqueada por las doce estatuas de animales del zodíaco chino, se accede a una escalinata de 108 peldaños que descienden hacia el mar. Cada peldaño simboliza una pasión o deseo terrenal que, según el budismo, el alma debe dejar atrás.

 

 

Al borde del acantilado, entre aromas de incienso y sal marina, se alza el salón principal, rodeado de pagodas, campanas rituales y esculturas de Buda. Una de las más populares es la de la diosa budista del agua, o Haesu Gwaneum Daebul, que observa el mar con un rostro sereno. Se dice que otorga protección, fertilidad y calma a quienes rezan en silencio frente a ella.

 

 

Lo que más me impactó fue la armonía. El sonido rítmico de las olas, la brisa constante, los cánticos que flotaban desde algún rincón… Todo parecía puesto ahí no para impresionar, sino para acompañar. Incluso en medio del turismo, el lugar conserva una energía de recogimiento y respeto.

 

Cuándo ir y qué esperar

 

  • Mejor momento: por la mañana temprano, cuando el sol ilumina el templo desde el mar.
  • Duración de la visita: entre 1,5 y 2 horas, incluyendo el trayecto desde Haeundae.
  • Acceso: en metro hasta Haeundae, luego bus (líneas 100, 139 o 181) hasta el acceso al templo.

 

Llegué a España por primera vez como mochilero en 1972. Dos años después decidí quedarme, y desde entonces vivo aquí, entre los recuerdos vivos de Asia y la riqueza cotidiana del mundo mediterráneo. Nací en Japón y viví allí hasta los 24 años. Mis viajes posteriores por Europa y Asia me han permitido comparar paisajes, ritmos, formas de vida y mentalidades muy distintas, y así redescubrir lo que dejé atrás en mi tierra natal. En 1990 fundé Frontia S.A. (CICMA 492) y, en 2004, creé Destinos Asiáticos, una marca especializada en viajes a medida por Asia, con el objetivo de compartir mi fascinación por este continente con otros viajeros. He recorrido países como Corea del Sur, Camboya, Laos, Tailandia, Myanmar, Malasia, Indonesia, Singapur, Hong Kong, Bangladesh, Sri Lanka, India, Nepal y Bután. Además, viví ocho años en Vietnam, país al que regreso siempre que puedo. Me considero un enamorado de Asia… y de España. Entre ambas orillas he construido mi forma de mirar el mundo: con curiosidad, respeto y atención a los matices. Esa mirada es la que intento transmitir en este blog, donde comparto rutas, momentos y lugares que, más que destinos, son paisajes interiores. Si disfrutas del viaje como manera de entender otras culturas —y también la propia—, quizá encuentres en estas crónicas algo que resuene contigo.
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