‘Akira’, un clásico mucho más real

AKIRA: HIPERSONIC EDITION

La ley de la conservación de la materia dictamina que en una reacción química, la materia ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. Este principio universal básico es aplicable al cuerpo de Tetsuo, personaje que un día nos traumatizó (al pasar de un humano corriente a un ser inerte) y que ya forma parte de la conciencia colectiva universal del aficionado al manganime. Tetsuo se convertía en pura energía, un principio básico de las ramas animistas, que juntamente a otros cultos ficticios surgidos de la mente rocambolesca de Katsuhiro Otomo, configuraban parte del discurso central de Akira (1988), un clásico de la animación moderna que ahora vuelve a través de una edición especial con una frecuencia de audio remasterizada e innovada por uno de los compositores: Shoji Yamashiro (seudónimo de Tsutomu Ôhashi, y fundador del colectivo de investigación musical Geinoh Yamashirogumi, firmantes del soundtrack original), que en su vocación de investigador logró dar con un sistema de sonido hipersónico que provoca la estimulación del cerebro mediante la exposición de frecuencias sonoras de hasta 100 Khz, activando tu sistema neuronal como nunca antes se había activado en un filme, dando la sensación de estar rodeado del ambiente sonoro que se escucha a lo largo de las dos horas de duración de este largometraje en cuestión. Vaya, como si fueras tú uno más de los personajes de la función.¿Se le puede pedir más a una obra maestra que un día asentó las bases del anime en Occidente? Seguramente no, sólo la hipotética (e improbable) posibilidad de una secuela que finiquite la historia allí donde se quedó. Una historia de ciencia ficción compleja, que anticipaba los temores a la guerra nuclear y los peligros de la mala praxis de las nuevas tecnologías. Temáticas presentes y determinantes en el contexto animado de las obras venideras en los años 90, y que Akira instauró como base fundacional y comercial de un subgénero que aglutinaba el cyberpunk y la acción más dinámica.

En líneas generales, la película empieza en el año 2019. Neo-Tokio está a punto de explotar sí (así rezaba la publicidad en su época), pero es que a finales del siglo XX ya había sucumbido a consecuencia de una Tercera Guerra Mundial provocada por un proyecto secreto. En este ambiente futurista, en el que un hipotético gobierno de ultraderechas escogido democráticamente ejerce de forma invisible un control represivo sobre la población (¿les suena de algo?), hallamos a Tetsuo y Kaneda, dos amigos que forman parte de una banda de motoristas. La moto del primero de ellos, y en plena competición con un grupo rival, impacta contra un niño con apariencia de anciano que está siendo perseguido por un escuadrón especial de los cuerpos de seguridad. Tetsuo es confinado en un hospital militar del gobierno donde empezará a experimentar pesadillas que poco a poco se vuelven reales. Mientras tanto, el grupo liderado por Kaneda busca a su amigo, inmiscuyéndose en asuntos militares que los acerca al secreto mejor guardado: la búsqueda de cualquier indicio que pruebe la existencia de Akira, el ser que cambió para siempre los estándares del nuevo orden mundial.

Recordemos que cuando se estrenó en cines, el manga de Otomo aún se estaba publicando, y su andadura no finalizaría hasta el año 1993. Con lo cual, el cómic siempre ha sido el soporte ideal para sortear los misterios que envolvían a la trama fílmica, planteada como complemento a la historia original, y en la que sólo se muestran algunos puntos de vista con respecto al planteamiento central del “proyecto Akira”. Recuerdo perfectamente como esta falta de concreción en el guión cinematográfico produjo reacciones negativas en su estreno, pues la gente salía sin entender el sentido total de la obra, y más cuando la película termina de repente, con la disolución del cuerpo físico de Tetsuo, previa metamorfosis del mismo al más puro estilo Cronenberg. La falta de respuestas hizo precipitar las críticas negativas, pero una vez descubierto el cómic, todo el mundo se volcó con ella, alabándola como la película de animación más revolucionaria de la historia del cine. Y guste o no, realmente fue así, pues marcó un antes y un después en la historia del anime, no solamente por ser la que abrió las puertas del mercado de la animación japonesa a Occidente, sino porque dinamitó la industria local. A partir de ahí frecuentaron los productos para el público adulto; nunca más la animación japonesa sería tomada a la ligera, y menos aún, considerada como infantil.

Akira supuso para muchos la primera toma de contacto en serio con los mundos imaginarios del anime, una forma de expresión evasiva que a pesar de no lograr comprenderla en su totalidad, nos permitió forjar nuestros propios mundos y sueños alejados de la triste realidad en la que vivíamos. Por esto y mucho más, esta joya de Otomo debe formar parte de cualquier filmoteca que se precie.Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

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